En Japón, la palabra otsukaresama se dice al final del día. Es una forma de reconocer el esfuerzo compartido: “gracias por lo que hicimos hoy”, “sé que estás cansado, pero valió la pena”. No es un concepto solemne; es parte del lenguaje cotidiano.
Ese término da título al nuevo álbum del saxofonista francés Grégory Sallet con su Sur Ecoute Quartet grabado en el club Crescent de Mâcon, Francia, en mayo de 2025. El disco recoge el momento actual de una banda que lleva muchos años tocando junta y que aquí decide registrar su sonido sin disfrazarlo, saxos soprano y alto, piano, contrabajo, batería, tablas, udu y flautas en un entorno acústico muy directo.
Para quienes seguimos de cerca el latin jazz, el jazz mexicano y la escena estadounidense contemporánea, Otsukaresama abre otra vía: la de un jazz francés que incorpora influencias de la música impresionista, de la India y de Japón pero que sigue sonando a cuarteto orgánico, a músicos que conversan más que demostrar.

De Lyon a Japón, pasando por India
Grégory Sallet es saxofonista (soprano y alto), compositor y director artístico del Sur Ecoute Quartet. Viene de la escena de Lyon y se ha ido formando en cruce de caminos. Ha trabajado y estudiado en entornos vinculados a figuras como Steve Coleman o Vijay Iyer desde el interés por el ritmo y la forma, ha profundizado en la música de India estudiando tablas con el maestro Prabhu Edouard y ha estudiado composición con Loïc Mallié, discípulo de Messiaen, lo que se percibe en cierta afinidad por armonías abiertas, colores modales y atención al timbre.
Todo eso aparece en el disco pero no como cita directa. Más bien como un lenguaje personal que mezcla una melodía clara con estructuras rítmicas que se salen de lo obvio y una manera de escribir que le da espacio al grupo entero.
El Sur Ecoute Quartet nació oficialmente en 2017 pero su historia arranca antes. Tres de sus integrantes —Sallet, el pianista Matthieu Roffé y el baterista Kevin Lucchetti— se conocieron en el Conservatorio de Chambéry y llevan años coincidiendo en otros proyectos, giras y grabaciones. El contrabajista Michel Molines completa la formación. Es un grupo con vida de banda real. Han tocado en Francia, Alemania, Inglaterra, Uruguay, Argentina y otros países y han desarrollado proyectos que van más allá del concierto clásico como el espectáculo escénico Musashi (música, teatro y danza inspirados en Miyamoto Musashi) del que salen algunos materiales de este disco.
Lo que se nota al escuchar Otsukaresama es esa confianza. Los cortes, las transiciones, los cambios de sección suenan integrados. No da la impresión de un “proyecto de estudio” sino de música que ha pasado por escenario muchas veces antes de quedar registrada.

El hecho de haber grabado en el club Crescent de Mâcon (Francia) se escucha. La mezcla deja pasar aire, dinámica, cercanía. No hay una piel de estudio que lo vuelva demasiado perfecto; se siente la resonancia de la sala, los detalles del contrabajo, los ataques de los saxos, la madera del piano. Eso encaja muy bien con la idea de un jazz que no quiere imitar al modelo estadounidense ni alinearse con cierta estética nórdica más distante. Aquí el grupo se planta como es, cuatro músicos con historia compartida, invitados que vienen de lejos y un repertorio que se sostiene en la escritura y en la escucha mutua.
En términos generales, Otsukaresama se mueve en un jazz contemporáneo europeo, acústico, con tres columnas claras: la herencia de la armonía francesa del siglo XX (Ravel, Debussy, Messiaen) en el uso del color y las tensiones; el interés por los ciclos rítmicos y las métricas que vienen de la música de India; y una relación profunda con la cultura japonesa, tanto en la elección de modos y escalas como en el imaginario de varias piezas. Lo interesante es que nada de esto se presenta como “concepto” dentro del disco. Lo que llega al oído es un cuarteto tocando composiciones muy trabajadas, con melodías que se pueden tararear y formas que evolucionan. La complejidad está ahí, pero no en primer plano.
Si hay que buscar referencias, el resultado final anda más cerca de lo que hace Emile Parisien en cuanto a claridad melódica y energía sin estridencias aunque con una paleta armónica más abierta. También comparte algo del espíritu de los proyectos de Anouar Brahem cuando trabaja con cuarteto de jazz, esa capacidad de integrar músicas del mundo sin que suene a fusión forzada. Pero Sallet y su grupo no están imitando a nadie, simplemente se ubican en ese territorio del jazz europeo actual donde las influencias se digieren de verdad.
En este álbum, el universo del cuarteto se expande con dos presencias muy definidas, la flautista japonesa Yuriko Kimura, con quien el pianista Matthieu Roffé ha realizado numerosas giras en Japón en formatos reducidos y el tablista y percusionista indio Prabhu Edouard, maestro de música hindustani radicado en Francia con un largo recorrido en colaboraciones entre India y Europa.
La participación de Yuriko Kimura se escucha sobre todo en piezas vinculadas a Japón como “Le sabre est mon refuge (coda)” y “Okinawa Matsuri”. Su flauta no entra como decoración, funciona como una voz que dialoga al mismo nivel que el sax soprano. Cuando comparte la melodía con Sallet, la frontera entre ambos instrumentos se vuelve difusa. Hay momentos en los que cuesta distinguir quién lleva la línea principal. Esa igualdad de roles refuerza la idea de que Japón aquí no es un “tema” externo sino parte del lenguaje cotidiano del grupo.
Por su parte, Prabhu Edouard aporta tablas, udu y voz en distintas piezas. Su trabajo se percibe de manera clara en cortes como los de la serie “Instinct” donde el ritmo se vuelve centro de gravedad. Cuando se cruza con la batería de Kevin Lucchetti, la sensación es la de dos percusionistas que comparten el pulso desde tradiciones diferentes. No hay choque; hay ajustes finos, pequeños acentos que se responden. La batería no intenta “sonar india” y las tablas no intentan “sonar jazz”. Cada una habla su idioma y, en esa convivencia, aparecen nuevos espacios para el cuarteto.
Ahora bien, hay que decir que no todos los cruces funcionan con la misma fluidez. En algunos pasajes de “Instinct #3”, por ejemplo, la superposición de tablas y batería genera una densidad rítmica que termina por tapar un poco al piano. No es un problema grave pero sí se nota que el grupo todavía está explorando el mejor balance cuando todos los elementos están activos al mismo tiempo.
Tres temas para entrar al disco
En un disco bastante compacto y coherente, hay tres cortes que ayudan a entender bien el proyecto y, además, muestran algo que el propio grupo ha subrayado, no todas las composiciones son de Grégory Sallet. Aquí se cruzan las plumas de Sallet y del pianista Matthieu Roffé y eso es importante para quien quiera conocer al cuarteto como un organismo colectivo.
Otsukaresama está compuesta por Grégory Sallet y funciona como eje del álbum. El título da nombre al disco y la pieza condensa muchas de sus ideas: un ostinato de piano que sostiene la estructura, una melodía clara en el sax soprano, una métrica con pequeños desplazamientos y un desarrollo que nunca pierde el hilo del tema. La pieza arranca con un patrón de piano en tempo medio que se repite pero no de manera mecánica. El motivo se va coloreando, amplificando, estrechando, mientras el sax expone una línea que se mueve entre la melancolía y una especie de calma activa.
La sección rítmica sostiene ese paisaje sin sobrecargarlo. El contrabajo da la sensación de tierra firme, la batería introduce acentos que apuntan a una tradición rítmica más compleja pero que no rompe el flujo. A lo largo del tema, la forma se abre en varias secciones, una entrada que presenta clima y melodía, un desarrollo donde el ostinato se desarma y se rearma desde otros ángulos y un tramo final donde el grupo sube la energía sin perder el carácter. La improvisación de Sallet es rítmica y precisa; no se pierde en frases largas por inercia. Cada motivo parece ligado al ostinato original como si el tema estuviera recordándose a sí mismo en voz alta. Es probablemente el momento más redondo del disco, todo encaja, nada sobra.
“Le sabre est mon refuge (coda)” también está firmada por Grégory Sallet y proviene del espectáculo escénico Musashi dedicado a la figura del samurái Miyamoto Musashi. Dentro del disco la pieza se ha ganado el apodo de “el sable”. El inicio es libre, sin pulso marcado, con sax y contrabajo trabajando sobre un modo de carácter japonés mientras el piano aporta acordes largos. La flauta de Yuriko Kimura entra casi como una voz humana sumándose a esa conversación en voz baja.
Lo primero que llama la atención es el uso del silencio. La banda no tiene prisa, deja que las frases se asienten, que el sonido del club haga su parte. La música se toma el tiempo de construir una atmósfera que no busca ser espectacular, sino clara. Más adelante se instala una pulsación en tres tiempos con una armonía que deja ver cierta afinidad con el barroco y con una manera muy particular de entender la tensión y el descanso. En lugar de solos extensos, lo que hay es una construcción conjunta donde los instrumentos se van alternando el centro de atención. La pieza cierra recuperando el espacio inicial como si se tratara de una despedida. Es, sin duda, uno de los momentos más logrados del álbum, todo lo que el grupo quiere decir sobre contención, respeto mutuo y belleza sin artificio está aquí.
“Okinawa Matsuri”, en cambio, está compuesta por el pianista Matthieu Roffé. Este dato es fundamental, aquí se ve cómo otro integrante del grupo aporta material propio dentro del mismo universo estético. La elección de Okinawa no es casual. La isla tiene una identidad cultural fuerte dentro de Japón, una historia marcada por la guerra y la presencia militar extranjera y una tradición musical muy particular. Ese contexto está en el trasfondo de la pieza.
La obra se apoya en un modo asociado a Okinawa, con un carácter luminoso pero con una sombra de nostalgia. El tema arranca con un groove en compás irregular que la banda toma con naturalidad. El contrabajo de Molines marca la estructura, la batería desplaza los acentos y el piano propone un motivo que pronto retoman sax y flauta. La sensación es la de una fiesta que no termina de resolverse, hay algo circular en la forma en que la melodía vuelve una y otra vez. El desarrollo central permite a Roffé explorar las posibilidades armónicas del modo mientras el resto del grupo mantiene el pulso. En la parte final, sax y flauta se cruzan en líneas breves, a veces casi imitándose, a veces comentándose. La energía sube, el motivo se reafirma y la pieza se cierra con una mezcla de celebración y ambigüedad que encaja bien con la historia de Okinawa.
Aquí queda claro que el Sur Ecoute Quartet no es “el grupo de acompañamiento” de un saxofonista. La voz compositiva de Roffé se integra sin fricción al discurso general del álbum. De hecho, “Okinawa Matsuri” tiene más punch que algunos de los temas de Sallet, el groove agarra desde el primer compás y no suelta.
Una portada mexicana y un disco franco-japonés-indio
Un detalle que conecta directamente con nuestra comunidad es la portada. El arte del disco fue realizado por el bajista mexicano Benjamín García. La imagen —un ave construida a partir de fragmentos de saxos y clarinetes en pleno movimiento— dialoga con la idea de transformación que recorre el álbum: la mezcla de tradiciones, el cruce de geografías, la reconstrucción después del desgaste. Para el lector en México y Latinoamérica, saber que hay una mano mexicana en la cara visible de un disco de jazz francés ayuda a sentirlo un poco más cercano; es otro punto de contacto en esta red de relaciones entre escenas.
La producción mantiene un enfoque sobrio, se reconoce a cada instrumento con claridad, la dinámica está cuidada y no hay una búsqueda de brillo artificial. Es un disco que suena cercano, como si el oyente estuviera en una buena mesa del club.
Nos movemos mucho entre el latin jazz, el jazz mexicano y las distintas caras del jazz contemporáneo estadounidense. Otsukaresama se ubica en otro lugar del mapa, no busca el “latin feel”, no imita el sonido de Nueva York, ni se refugia en una estética nórdica fría. Es un jazz francés que mira hacia Japón e India pero con un lenguaje muy propio y un sonido acústico que puede conectar fácilmente con quienes ya están acostumbrados a escuchar proyectos modernos.
Otro punto a favor, es un disco de grupo. Las composiciones se reparten entre Grégory Sallet, Matthieu Roffé y también Kevin Lucchetti (en otras piezas del repertorio), lo que hace que la voz colectiva sea más rica. No se trata de un líder que trae todo escrito y una sección rítmica que solo ejecuta, aquí cada quien aporta una manera de pensar la forma, el ritmo y el color.
La música de Otsukaresama no se siente hecha para responder a una tendencia ni para impresionar a primera escucha. Se percibe más bien como el resultado de muchos años de tocar juntos, de salir de gira, de probar materiales en escena, de sumar invitados con quienes existe un vínculo real. Eso se agradece desde el primer track. El disco se puede escuchar de principio a fin sin fatiga y deja espacio para que cada oyente vaya encontrando sus propios puntos de anclaje, ya sea un tema en particular, una textura, una relación entre instrumentos o la presencia de las tablas y la flauta.
Dicho esto, también hay que reconocer que Otsukaresama no es un disco que te agarre del cuello. Si buscas intensidad o momentos de riesgo extremo, probablemente te quedes con ganas. La propuesta aquí es otra: construcción, paciencia, conversación. Y hoy en día… eso no es para todos.
Al terminar el disco, la palabra del título ya no suena igual. Después de escuchar estas composiciones, Otsukaresama deja de ser solo un saludo japonés para convertirse en una especie de resumen de lo que hace posible este proyecto: años de trabajo compartido dentro del cuarteto, relaciones construidas con músicos de India y Japón, un club que ha sido casa y ahora es también lugar de grabación y un público dispuesto a seguir explorando otras formas de jazz.
Otsukaresama es una invitación a desplazar un poco el mapa de escucha hacia el jazz francés contemporáneo sin dejar de lado todo lo demás que nos importa. No es un disco que busque convencer a golpes de efecto; más bien propone un espacio claro, cuidado, donde se nota el tiempo invertido y el respeto entre quienes lo hicieron. Un disco para escucharse con calma, quizá más de una vez y para compartir con esa gente a la que uno también quiere decirle, al final de la jornada: otsukaresama.




