La violonchelista, cantante, compositora y productora cubana Ana Carla Maza lanzó su nuevo material “Alamar” inspirado en el barrio costero de La Habana marcado por historias de exilio, raíces y pertenencia. En la siguiente entrevista nos describe el trasfondo de la música compuesta para este álbum.
Por Efraín Alavez
Estás en medio de una gira por Europa, han transcurrido muchas fechas y están otras por suceder.
Ahora mismo me encuentro en el Mediterráneo frente al mar previo a irme a Austria para continuar la gira. Acabo de regresar de una súper exitosa en el Reino Unido (Londres, Liverpool, Cambridge, Leeds). Me estoy tomando unos días y estoy aprovechando para componer para Orquesta Sinfónica y desarrollar el “Alamar Symphonic Suite”, proyecto para Orquesta Sinfónica de 35 músicos. Estoy en plena creación para tocarla el 19 de julio con Orquesta Sinfónica en Italia y posteriormente se montará con otras orquestas. Está inspirada en el disco “Alamar” pero igualmente es una obra única y diferente con un concepto más cinematográfico.
En la música afrocubana se identifican instrumentos de cuerda como el piano, violín, tres cubano, armónico, guitarra, laúd o contrabajo. ¿En qué momento decidiste utilizar el violonchelo para construir tu discurso musical?
El violonchelo es mi voz, me interesa sacarlo de un lugar tradicional y llevarlo al ritmo, al cuerpo, a la improvisación. Es un violonchelo que canta, que baila, y es libre como yo misma me siento. La música clásica la he estudiado desde niña, me he dedicado 100% a la música toda mi vida como una apasionada y sobre todo con una vocación de mucha responsabilidad. Vengo de una familia de músicos que me enseñaron lo que era el respeto hacia la música como algo sagrado.
El violonchelo es lo más importante para mí, es mi mejor amigo y compañero de vida. Hemos viajado a más de 25 países juntos y hemos hecho más de 400 conciertos. Me ha acompañado en momentos felices, tristes, en transiciones, en duelos y aprendizajes. Lo he querido llevar a diferentes géneros musicales como el latin, la salsa, la bachata y el merengue. No me he querido limitar a un solo tipo de música o cultura.
A pesar de haber llegado a un nivel importante dentro del violonchelo clásico, de haber ganado premios como intérprete clásica, de estar como solista con Orquesta Sinfónica interpretando obras muy respetadas dentro de ese mundo, incluso tocar con la Orquesta de Cámara de París, siempre supe que tenía que buscar mi propio camino y honrar mis raíces latinoamericanas de una manera natural para llevarlo a la música que me hace feliz como persona y que me ayuda a transitar este camino de la vida.

En tu nuevo disco “Alamar” abordas al violonchelo desde géneros como el bolero, son, salsa, bachata y reggae.
Vengo de una formación clásica muy fuerte que me ha dado la profundidad, la disciplina, la perseverancia y el carácter. Creo que los hábitos que se desarrollan estudiando música clásica se quedan para toda la vida. Esta formación la pude llevar a algo más personal para encontrar mi propia identidad como artista, persona y mujer encontrando también mi libertad, mi voz, haciendo frente incluso a dificultades de la vida de la industria musical para sacar adelante mi propia voz. Dentro de mí había una necesidad de crear algo propio y no solo interpretar música, sino expresar algo personal que reflejara una filosofía de vida.
“Alamar” es un disco muy íntimo, nace de mi historia familiar del exilio. Mi abuela y mi padre estuvieron exiliados de Chile, con el golpe de Pinochet, en Cuba. Es un disco que nace de la historia de Cuba, de la memoria que llevo de todos estos años, es una emoción transformada en música. Alamar es ese barrio de La Habana que acogió a 180 niños exiliados de Chile de los cuales estaba mi padre con todos sus hermanos (cinco en total) y mi abuela. Fueron recibidos en ese edificio de Alamar. Encontraron de una cierta manera esperanza y rehicieron su niñez, su vida.
Años después, los chilenos regresaron a Chile pero mi padre decidió quedarse en aquel apartamento de La Habana porque se sentía realmente cubano, llegó con cuatro años. Ama la cultura cubana y a mi madre, hasta el día de hoy están juntos. Nací en ese edificio con tanta historia de exilio, con tanta memoria, con tanto dolor transformado en alegría y quería rendir homenaje con este disco a Alamar, a la esencia de Cuba, a la cultura latinoamericana y a la historia de mi abuela chilena exiliada en Cuba.

Ubiquémonos en ese barrio, ¿cómo fuiste absorbiendo las influencias de la música afrocubana desde ese contexto?
Desde que estaba en el vientre de mi madre, ella me tocaba la guitarra clásica, estudió en el Conservatorio Clásico. Mi padre es pianista y compositor. Son unos apasionados de la música. Vengo de una familia muy diferente a la sociedad de hoy día, para nosotros la música siempre ha sido prioridad como forma de vida, de identidad propia de familia, de mantenernos unidos y de afrontar la vida. Cuando empecé a estudiar el violonchelo vivía en la casa de mi abuela en el barrio de Guanabacoa donde había muchos rumberos, incluso frente a la casa de mi abuela había un grupo de santeros que hacían ceremonias todos los días con las tumbadoras. ¿Quién iba a decir que en ese barrio de rumberos iba a haber una violonchelista clásica?. Nadie se lo hubiera imaginado en una isla donde se baila, se canta, se enamora, se bebe ron y hay apagones. Esa fue mi formación básicamente. También estudié con la hermana de Chucho Valdés, Miriam Valdés, mi profesora de piano que me enseñó todo el ritmo cubano. Recuerdo clases sin electricidad, no había partituras, ella tenía que hacerlas a mano, no habían discos. Esa necesidad de música la vivíamos con mucha pasión y era muy hermoso porque no teníamos distracción, no teníamos redes sociales, no teníamos internet, no teníamos nada.
¿Cuándo tomaste la decisión de irte a estudiar al Conservatorio de París?
Con 12 años mis padres, mi hermana y yo nos fuimos a vivir a España porque mi bisabuela era española, tomó un barco durante tres meses para irse a Cuba. Hay una canción en el disco que se llama “Habanera” que cuenta esto. Entonces a los 16 años me di cuenta que quería cumplir mi sueño y decidí irme sola a París a continuar mis estudios. Tenía que pasar por los exámenes del conservatorio superior, tenía que ser la número uno porque competía contra 200 violonchelistas y solamente se quedaban 6, tenía que ser la mejor. Es muy difícil entrar al mundo clásico. Si no vienes de una familia adinerada tienes que demostrar tu talento y más siendo mujer. El violonchelo me dio la herramienta que necesitaba para poder desarrollar mis capacidades de pensadora, de creadora, de mujer, de persona, no solamente de cantante, el canto vino después como necesidad de expresión pero yo no me presentaba como cantante, me presentaba como violonchelista para tocar delante de la gente y conectar con ellos.

Regresando al tema de tu nueva producción, ¿qué músicos te acompañan?
Primero que nada decidí producir mi propia música para tener libertad. Decidí ser productora para seguir mi visión artística sin compromisos. Ser productora es un acto de libertad, sobre todo porque hoy en día tenemos la tendencia de querer todo rápido y fácil. Lo más difícil para mí ha sido mantener mi visión y sobre todo ser propietaria de mi música, que es lo que más valor tiene. Ahora no se habla de la importancia de ser propietario de tu arte y protegerlo.
Este disco, como todos mis anteriores, mantiene la estética de colores y la elección de los instrumentos según la visión artística que hay detrás. A mí el jazz me interesa como espacio de libertad porque mezcla géneros para provocar conversación. Mi música mezcla muchas influencias de forma muy natural, muy coherente con las emociones porque es mi identidad como persona. Siempre he dicho que la técnica está al servicio de la música, no es la música al servicio de la técnica. Aquí la técnica está al servicio de una emoción, de una historia que contar, de una experiencia de vida, de una reflexión ante la vida ya sea sobre el amor, el duelo o la conexión humana.
He elegido a un elenco de músicos propositivos pertenecientes a la nueva generación de músicos cubanos. Tenemos mujeres instrumentistas difíciles de encontrar como intérpretes en un disco o en un proyecto profesional internacional. Aparece en el tres cubano Frank Gómez, un joven talentosísimo. Está Mariam Rivera en la flauta, una joven que es hija de uno de los cantantes legendarios de Cuba integrante del grupo Los Van Van. Invité a Rasiel Aldama que hace solos de trompeta maravillosos. Participa Jay Kalo, talentosísimo prodigio de la batería y de las percusiones cubanas. Como invitada especial está mi madre Mirza Sierra para abordar en el disco el cómo transmitimos la música y el amor de generación en generación. Mily Pérez es la pianista del disco nacida también en Guanabacoa y a Pedro Joao en la guitarra brasileña.

Algunos músicos que he entrevistado recientemente me han expresado tener sus propias disqueras para mantener control total de la dirección y concepto de su música.
En mi caso también, yo tengo mi propia productora y disquera y eso es importante porque así podemos proponer nuestra visión y podemos acompañar el proyecto con mucho amor y cariño. Y déjame decirte que para este proyecto rechacé hacerlo con la disquera “Universal”. Hay que mantener la creatividad y sobre todo la propiedad de nuestra música y no permitir que una major venga a querer quitárnosla.
Afirmas que en esta producción reinterpretas el pasado desde el presente. Conceptualmente, ¿cómo lo fuiste realizando?
La música es mi filosofía de vida al 100%, es una forma de transformar momentos difíciles en luz y también de conectar con los demás. Para que nazca un disco tengo que vivir todas las experiencias de manera íntima, en silencio, transformarlas, escribirlas y dejar incluso que el tiempo pase. En este disco tuve que dejar muchas canciones afuera porque he vivido un proceso personal de muchas emociones.
He tenido que esperar a que las emociones se acomoden para poder entender más cosas y poder hacer una propuesta de letra con la responsabilidad que llevamos como artistas al mostrar una canción que va a inspirar y que va a acompañar a otras personas en sus momentos felices o difíciles. No solo es una cuestión de vivir, sentir, soltar cualquier cosa. Hay una lección, hay una preparación, una curaduría de lo que sería el disco. Cuando hablamos de transformar el pasado en el presente es también un trabajo personal de indagar en la historia de los bisabuelos, abuelos, de los traumas familiares y de ver qué ha pasado en nuestra historia como latinoamericanos también.
La historia incluso del inmigrante, de lo que significa dejar nuestro país para empezar una vida de cero. Cómo transformamos todas las experiencias como el duelo, el amor o cuando alguien nos hiere el corazón muy fuerte. ¿Qué hacemos con esas emociones? ¿Cómo las sanamos y cómo las dejamos plasmadas al final en una canción donde se habla de aceptarlas porque son parte de nosotros? La música es nuestra mejor amiga y si tienes algún problema busca una canción que te inspire, que te de una respuesta.
¿Cómo dialoga actualmente el jazz y los ritmos afrocubanos en tu quehacer?
Cada una tiene sus particularidades. Para mí el jazz y la música afrocubana dialogan de manera muy natural. El jazz me da libertad, improvisación, espacio y la música afrocubana me da el ritmo, el cuerpo y la raíz. Los dos tienen algo muy importante en común que es la energía y la libertad. En mi música no las separo, conviven de forma orgánica a través del violonchelo, de la voz y de los otros instrumentos que acompañan el ritmo. Es una conversación entre emoción e identidad.
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