“Kelonia: cómo mirarse hacia adentro” por Christian Sánchez
Por Christian Sánchez
Desde pequeño escuché que las cosas importantes se dicen en voz baja y en la mesa, despacito, porque es el silencio que circunda el que dota de sentido a las palabras. Y por ello, quizá, es que las confesiones, los secretos, la poesía, la música, buscan espacios silenciosos para ser compartidos.
Kelonia es una muestra clara de ello: un disco rodeado de atmósferas cálidas, un álbum en el que cada tema es una historia íntima contada honestamente y a detalle con el lenguaje preciso para cada una de ellas.
Filtrado de esas ideas pretenciosas de virtuosismo y con un formato que resulta exquisito, podemos encontrar en cada una de sus nueve composiciones (todas del bajista mexicano Juan Pablo Aispuro) sentimientos que nos resultan familiares tales como el amor filial, la melancolía de estar lejos de casa, la soledad
Uno de los elementos que resaltan es la interacción entre la guitarra de Iván Quintero (que toma un papel mucho más melódico) y el piano de Roberto Blanco (más enfocado en el aspecto armónico, hablando específicamente de los temas), gracias a la cual podemos disfrutar al máximo de la riqueza sonora de ambos instrumento.
También podemos encontrar este equilibrio entre los ritmos del baterista chileno Hans Ávila y el percusionista argentino Minino Garay, quienes aportan solamente lo que cada historia necesita, dejando, a manera de testimonio, piezas como Noviembre, en la que el bombo de la batería no hace sino reforzar la atmósfera de tranquilidad sugerida por los demás instrumentos; Un viaje sin nopales, un bolero que no podría ser sin las percusiones de Garay; o Mientras dormían, en la que ambos instrumentos crean el tejido rítmico adecuado para dar soporte al resto de los músicos.
Kelonia cuyo nombre puede remontarnos al paisaje de las costas de Francia (país en el que Aispuro realizara parte de su formación musical y en el cual se desarrolló la grabación de este proyecto) es un álbum de profundas raíces, una idea concebida en Europa por cuyas venas corre una mezcla de jazz y música latina, el producto de un viaje emocional, espiritual y físico que termina siendo necesario pero implica alejarse de casa, el reflejo que da la tranquilidad de haber encontrado ese lugar en el que, mediante la soledad, nos re-conocemos y recordamos para seguir caminando y al que, tarde o temprano, todos queremos llegar.
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